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Siempre es un “Hija, échate alguna pintura en la cara”
Y nunca un “Qué bonita es tu belleza natural”.
Siempre es un “Qué colores más tristes tiene tu ropa”.
Y nunca un “Me alegro de que hayas encontrado tus colores”.
Siempre es un “¿Por qué estás tan callada?”
Y nunca un “Gracias por escucharme”.
Siempre es un “Qué esaboría en la discoteca”
Y nunca un “Sé que no te gusta estar aquí y que lo haces por mi, así que te lo agradezco”.
Siempre es un “Vaya carrera rara estás estudiando”
Y nunca un “Qué mérito tienes”.
Siempre es un “¿Por qué no bebes tu copa?”
Y nunca un “Gracias por regalarme tu copa”.
Siempre es un “¿Cuándo vas a venir a verme?”
Y nunca un “Voy a ir a verte”.
Siempre es un “No me coges el teléfono”
Y nunca un “Gracias por reservar tiempo para llamarme”.
Siempre es un “Vaya mierda de música escucháis en vuestra generación”
Y nunca un “Entiendo que rechaces este tipo de música”
Siempre es un “¿Por qué te quieres ir a dormir tan pronto?”
Y nunca un “Qué buen hábito tienes de forma natural”
Porque la perspectiva lo hace todo. Los mensajes que me lanzáis marcan una diferencia brutal entre lo que para mí pueden ser unos días de descanso o unos días de régimen.
Porque os fijáis en lo que no soy más que en lo que soy.
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Ver para entender.
Hace escasos días viví una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, tuve la oportunidad de visitar la Gran Muralla china.
Lo primero que te sorprende al llegar es el inmenso calor y la densísima humedad que hay en el ambiente, pero es comprensible teniendo en cuenta que era agosto en Beijing. Luego poco a poco vas subiendo escalones, muy bajitos de altura, y piensas: “Qué fácil va a ser esto”. Y nada más lejos de la realidad.
Al principio yo creo que es normal ir todos en grupo, luego estos se van fragmentando y avanzáis en grupo poco a poco, comentando la situación y viendo los primeros tramos llenos de gente (chinos).
Llegas a la primera torre. Los mensajes son de ánimo. “¡Qué calor tan horrible!”, “¡Cuánta gente!”. Compartís agua, hacéis fotos, descansáis.
Y seguís.
La gente se va quedando atrás: hacen fotos, hablan con otros, unos se cansan, otros te adelantan. En mi caso me centre en disfrutar poco a poco de las vistas, sin prisa pero sin pausa. Ahí me entretuvo una familia de mujeres chinas que estuvo muy interesada en mis rasgos occidentales (tengo los ojos como dos platos de grandes) y se detuvieron a hacerse fotos conmigo. Luego la senior del grupo se tomó la molestia de decirme que era muy guapa y muy valiente por ir en sandalias (para mí la verdadera valentía era plantarse allí con dos calcetines por pie y deportivas para criar bichos en los pies, pero oye…). Luego le hizo una foto a mis sandalias, mientras yo esperaba que no se tratara de ningún fetiche extraño.
A esta señora que me hizo foto a los pies la podría considerar mi primera amiga de allí.
Después de animar a Ana y ofrecerle calcetines y compeed (ella llevaba tacones…) me encontré con un grupo de nigerianos. Me hice fotos con dos de ellos (pedidas por ellos), y uno decía llamarse Rain. Rain podría ser mi segundo amigo del trayecto, y con el que más veces coincidí. De hecho solo le dije mi nombre tras habernos visto dos veces previamente. Ahora Rain y Charlotte eran compañeros de muralla.
(Tengo la mala manía de ser Carlotta en países latinos y Charlotte en el resto, es más fácil).
Total. Que yo seguía contando escalones y poco a poco dejando más gente atrás. Me di cuenta de que sola avanzaba más que acompañada.
Te cruzas con rusos y chinos sobre todo. Yo iba subiendo escalones de 50 en 50 y haciendo breves pausas entre medias. A lo tonto así conseguí hacer unos 500 escalones del tirón. Entonces llegué a la segunda torre yo sola. Traguito de agua y a seguir.
Y cuantos más escalones subía, menos cansada me sentía.
Ahí es cuando empecé a entender poco a poco que no se trataba de las vistas o de hacerlo en grupo (que también). Se trataba enteramente de una prueba de superación personal. Disciplina. Fortaleza. Motivación. Seguridad. Autoestima.
Me vuelvo a encontrar con Rain. Comprobamos que estamos bien, me hacen algunas fotos y sigo con mi camino.
Siguiente torre. No sé ni cuántas llevo. ¿750 escalones? Menuda locura. Con razón ya no se ve tanta gente subiendo.
Y cuánto más subía, más adrenalina sentía.
Me cuelo en la foto de un grupo de chinos y después me encuentro con un par de amigos (de verdad) y veo que están hablando con un grupo de kurdos. De Kurdistán. Con la bandera y todo. Estos me acogen bastante bien e incluso me hago una foto con ellos. Pero soy breve y sigo mi camino, ligeramente escéptica sobre las verdaderas intenciones de los kurdos y probablemente juzgándolos erróneamente.
1000 escalones.
El cansancio empieza a notarse literalmente, aún así te sientes mucho más fortalecido que inicialmente. Entonces te das cuenta de que se trata de superarte a ti mismo constantemente. Me daba igual el calor, la humedad, estar con la regla y estar sola, porque estaba llena de vida por dentro y no necesitaba nada más porque sentía que tenía el mundo en mis manos. Energía vital que me nacía de dentro. Juventud y felicidad. Darme cuenta de que podía superarme a mí misma y un amor profundísimo por mi cuerpo, mi mente y por la persona que soy.
Ahora sí que quiero llegar hasta el final. Hasta que no pueda seguir más.
Me doy cuenta de que todos los escalones que he subido eran aproximadamente de 30cm de alto, y los caminos cada vez más estrechos y más vacíos. Por supuesto ni rastro de los grupos de antes. Ni de la señora de las sandalias, ni de Rain ni de los kurdos. Solo me encuentro a Cloe y Pedro, los trabajadores de la embajada china que estaban a nuestro cargo.
1160 escalones. Veo un cartel de “Cuidado, animales peligrosos” y decido que mi vida vale más que un reto personal. Se acaban los escalones y empiezan las rampas. Así que me quedo ahí y decidí sentarme un poco, hacer un par de fotos y reflexionar sobre mis emociones.
Tuve que irme a China para entender por qué la gente hacía el camino de Santiago.
Pienso que algún día escribiré breves palabras sobre mis sentimientos y mis reflexiones del momento. Además me llamó mucho la atención darme cuenta de que a esa altura de muralla se veían padres con sus hijos de 5 o 6 años animándolos a que siguieran a pesar de estar cansados. Ahí entendí la cultura del esfuerzo de China.
Ya es hora de volver.
Voy haciendo un repaso mental de todas mis emociones y con ganas de contarle a papá y a mamá sobre esto que he vivido. Por el camino me encuentro con los kurdos otra vez y con los chinos con los que me hice la foto, aproveché para pedírsela.
Y antes de darme cuenta estoy abajo del todo. En el punto inicial. Pero con una lección valiosísima aprendida: la vida es maravillosa y la tenemos para vivirla y explotarla. Levantarnos y volver a vivir y disfrutar a nuestra manera. Con la gente que queremos.






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Sé que soy feliz porque cuando viajo quiero volver. Y creo que ese es uno de los indicadores más fiables de satisfacción con la vida propia.
Creo que uno de los mejores lugares y momentos que existen para pensar con el corazón es al volver de un viaje. Un tren, un autob��s, un avión. La noche, las calles, los habitantes de la ciudad a la que no sabes si algún día volverás. Todo con su vida propia. Escenario exacto en el que me encuentro al escribir estas palabras.
Conocer culturas diferentes es imprescindible para el desarrollo propio, especialmente a nivel emocional. Es necesario salir a la gran ciudad para apreciar la calma de la villa, agobiarte en la bulla para apreciar la calma, descubrir los picos de modernidad para apreciar lo “de toda la vida”.
Me doy cuenta de que he encontrado mi hogar cada vez que salgo de él: mi vida.
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