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A dreamer's land
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oliveh-cs · 4 months ago
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Valkirias
Era como una pesadilla recurrente.
Le vendaban los ojos con firmeza. Sus manos eran esposadas tras su espalda, esperando que su sentencia se ejecutara. De pie, a espaldas de la pared, de frente al fusilero.
El sentimiento de fracaso le sabía agrio en la boca. El sudor le corría por las sienes, pero él se mantenía firme, con la cabeza en alto. Había vuelto a fallar. Otra vez sería atravesado entre ceja y ceja por un perdigón certero. Mantener la cabeza en alto era la única opción que le quedaba.
Después, caería. Volvería a despertar en un cuarto blanco. La luz lo saludaría. Le explicaría el suceso de 1944. Le diría cuál fue su error y cómo remediarlo.
Cada iteración requiere un cambio para un bien mayor, Claus von Stauffenberg, pero algunos hechos son inevitables. Serás sentenciado y fusilado por alta traición el 21 de julio de 1944. Un día después del asesinato de Adolf Hitler. Un día antes de que el mundo sea condenado a la esvástica nazi.
Volvamos a empezar.
Un perdigón certero.
Un cuarto blanco.
Una luz parlante.
Tus acciones, Claus von Stauffenberg, crearon una paradoja en el espacio-tiempo. Al matar a Adolf Hitler en tu línea temporal, alteraste el desarrollo de cada iteración posible. Adolf Hitler no puede, en efecto, morir en ninguna iteración o la singularidad no podrá ser revertida, y te quedarás atrapado dentro de este… bucle temporal, indefinidamente.
La operación fue exitosa. Hitler fue derrotado. Alemania es libre otra vez.
Incorrecto. El 20 de julio de 1944 Adolf Hitler se transforma en mártir y símbolo de la resistencia nazista. De ahí en adelante, los hechos del mundo que lo suceden se ven alterados irremediablemente y el nacionalsocialismo se extiende hasta conquistar cada planicie del planeta Tierra.
Tu tarea, Claus von Stauffenberg, es interrumpir el asesinato de Adolf Hitler y permitir que la guerra siga su curso natural. El statu quo se debe mantener para que el mundo de esta y otras líneas temporales puedan reparar la singularidad. Para hacerlo, cada Claus von Stauffenberg debe interrumpir el asesinato de cada Adolf Hitler en cada iteración del espacio-tiempo.
¿Entonces debo salvarlo?
Salvar a Adolf Hitler y no matar a Adolf Hitler son dos paradigmas diferentes. El curso de la historia depende del fracaso de la Operación Valkiria.
Pero jamás podrá haber paz si dejamos que la guerra continúe.
Un mundo de paz, Claus von Stauffenberg, no significa un mundo sin guerras.
Abrió los ojos de nuevo y estaba frente al mapa con las localizaciones marcadas de donde estaría el Führer en los meses futuros. Una gran equis roja cubría parte de Gierłoż y al lado estaba escrito «Op. Valkiria» en la misma tinta. Los hombres que los acompañaban eran los generales Friedrich Olbricht y Henning von Tresckow, el coronel general Ludwig Beck, el mariscal de campo Erwin von Witzleben, y Friedrich Fromm. Todos lo miraban expectante. Con una respiración profunda, comenzó a explicar en qué consistiría la operación.
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oliveh-cs · 4 months ago
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No solo de pan vivirá el hombre
—Perdóneme, Padre, porque he pecado.
Sus ojos ausentes se perdían en la ventanilla del confesionario, por donde se podía vislumbrar la silueta del sacerdote. Sus manos le temblaban ligeramente, pero evitó mirarlas. Las sentía pegajosas. El olor metálico estaba impregnado en su piel. En su memoria. Todavía podía sentir la humedad cubriendo sus dedos.
Ella no era una mujer de fe. No era una persona creyente. Pero había entrado en la capilla buscando redención. Por una vez, quería confiar en las palabras sagradas y entregarse a la voluntad de Dios. Dejar que la fe la consumiera, como consumía todo.
—¿En qué has pecado, Hija mía? —habló el sacerdote—. Permite que Dios Todopoderoso sea quien juzgue tu falta. Anda, habla.”
—Maté a un hombre, Padre.
Matamos a un hombre santo, susurró la voz en su mente, pero ella no se atrevió a articularlo. La boca le sabía a tierra. Sus ojos se humedecieron, pero no se dejó amedrentar por sus pensamientos. La voz reía y con voz de terciopelo, repitió, matamos a un hombre santo. Díselo. El hombre santo no verá a Dios.
—Hija mía, ¿qué te orilló a tal abominación?­ —preguntó él, alarmado.
—La traición, Padre. ¿Y sabe qué es lo peor?
Una traición nunca viene de un enemigo, la voz se burló. Ella se mordió los labios. Apretó los puños y sintió las uñas clavarse en sus palmas. Estamos condenadas al último círculo, Teresa.
—¿Hija? ¿Te encuentras bien?
—Maté a un hombre, Padre. Amigo íntimo de mi familia. Mi madre…
Tu madre, la harpía.
—Mi madre iba todos los domingos a misa. Fue su amigo a quien maté.
—¡Por Dios Misericordioso! —exclamó el sacerdote—. ¿Te arrepientes, Hija? ¿Sientes remordimiento por tu fechoría?
No.
—Sí, Padre.
El sacerdote murmuró el Ave María, persignándose repetidamente con la cabeza baja. Ella se levantó en silencio y se acomodó el cinturón con tranquilidad, extrayendo el arma de su bolsillo. Se acercó a la entrada opuesta del confesionario a paso lento, con la navaja en la mano.
Hazlo ahora. Encuentra la redención ante los ojos de Dios.
Ella abrió la puerta y el sacerdote la miró exaltado. Él sostenía un rosario con fuerza mientras se sujetaba el pecho.
—¿Teresa?
Con un movimiento ágil, le abrió el cuello de lado a lado. La sangre saltó, pero ella cubrió la herida con su mano. Se arrodilló ante él y lo miró con ojos compasivos. Él intentó tragar. Trató de alejarse, pero iba perdiendo sus fuerzas.
—Perdóneme, Padre —susurró casi con ternura—, pero he pecado. Maté a un hombre.
Maté a un hombre santo.
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